Dice un fragmento de un poema de Pablo Neruda:
“Estoy mirando, oyendo, con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra, y con las dos mitades del alma miro al mundo”
Creo que así es como viven la vida los marineros, siempre entre la tierra y LA MAR. Porque sí, así es como la llaman ellos: LA MAR, en femenino, en grande, en mayúsculas. Lo que para muchos de nosotros es un sitio de descanso, de paz, de ocio, de vacaciones, para ellos es un medio de vida.
Un lugar al que aman por su inmensidad, por su belleza, por darles de comer cada día, pero al que le tienen un respeto enorme. LA MAR es tan bella como peligrosa.
Los ves trabajar con su gran destreza, su rapidez, su rudeza y parece que es algo natural y fácil. Pero no, detrás de todo eso hay muchas horas de trabajo, de sacrificio, de esfuerzo físico y mental, de momentos complicados desafiando todo tipo de tempestades, de jornadas de trabajo que empiezan cuando al resto aún nos quedan unas cuantas horas para abrir los ojos y empezar el día.
Es un trabajo duro, muy duro, lleno de mucho conocimiento y sabiduría que ha ido pasando de unos a otros, por eso es muy normal verlo a través de generaciones de una misma familia. Familias de marineros que hicieron de LA MAR su sustento, su forma de vida, su legado.
Es curioso como verlos allí trabajando a todos en un completo sistema, se percibe el sentimiento de comunidad, de familia, de hermandad. Desde el que trae el pescado en el barco, al que trabaja con el hielo para mantenerlo fresco o el marinero de tierra como ellos lo llaman, que es el que teje las redes en el puerto. Y efectivamente, son familia y hermandad, porque todos ellos son hijos de LA MAR.
